Todo lo demás y el arte

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Sección de Aclamado Federico de nuestra revista Exedra

Título: Morir cuerdo y vivir loco

Autora: Blanca Orozco

Técnica: técnica mixta sobre lienzo

Dimensión: 180 x 180 cm

Año: 2016

Nadar

Nadar es una actividad muy veraniega en la que el cuerpo se agita para no desplomarse hasta las profundidades abisales. Basta que una letra deje de moverse y se le hunda para que nadar se convierta en nada. Nada es una palabra que vive angustiada porque nada sabe sobre ella. Al decir «nada no significa nada» se está diciendo que nada significa algo. Pero, al contrario, al decir «nada significa nada» también decimos que nada significa algo. La nada ha cerrado tanto las puertas de su castillo que es imposible definirla. Lo único que puede hacer es mentir sobre su significado y de tanto mentir puede que le crezca la nariz, como a aquél, y se convierta en una hermosa hada, que sí que significa algo aunque nadie haya visto nunca a ninguna. Qué curioso esto de las cosas que no existen pero sí significan frente a las que no existen y no significan. Ni la nada ni el hada han podido ser vistas en ninguna cafetería ni acto social, y no podemos decir que pertenezcan a mundo alguno porque todo lo que pertenece a algún sitio es algo. El hada ha sido dibujada, interpretada, querida. La nada no. La nada nos han dicho siempre que es igual por todos sus puntos cardinales pero el lenguaje se empeña en parcelarla para construir apartamentos en su interior, que no sabemos si es gigantesco o ridículamente minúsculo. Menos que nada, decimos algunas veces, con lo que estaríamos hablando de diferentes grados de nadería, que es una palabra que no significa nada pero gracias a la cual nos hacemos a la idea de si hablamos de nivel uno de nadería o nivel diez. Diez es lo contrario de nada porque diez lo es todo en las ocasiones que aparece como el glorioso final de una serie (del uno al diez) y, además, acaba en zeta, una letra también término de otra gran serie. La palabra «zeta» es curiosa porque empieza por zeta (el final) y acaba por a (el principio), como si fuera una cuenta atrás. Cuenta viene de contar y lo que se puede contar son tanto números como historias fabricadas con palabras. Cantar solo tiene una letra de diferencia con contar, y son las letras de las canciones las que nos ayudan a entender la música porque la música sin letra no tiene explicación, es solo un sonido más o menos organizado que entra por nuestros oídos. A veces, esos sonidos se quedan a vivir en el interior del cuerpo y consiguen que nuestras piernas y brazos se muevan rítmicamente sin consentimiento de nuestra voluntad; otras buscan rápidamente la salida por la otra oreja. Con solo cambiar una letra de posición, un salto ajedrecístico sin complicaciones, una oreja (que tiene que ver con el oído) se convierte en una ojera (que tiene que ver con la vista) y esto nos lleva a pensar que el lenguaje tiene la tendencia a relacionar entre sí los sentidos más importantes de los que dispone el ser humano. Los otros tres: el olfato, el gusto y el tacto, no parecen preocupar mucho a nadie y cada uno tiene su vida independiente, dedicados a los asuntos más primarios. Y ser independiente puede que signifique no depender de nada ni nadie, pero qué de palabras contiene esta palabra en su interior, tantas que ha de hacer considerables esfuerzos para que todas las letras se queden en sus sitios. La independencia es cosa de todos y cada uno de sus miembros, pero las mañanas de invierno en las que tan abundantes son los enfriamientos y las toses, algunas letras llaman por teléfono y dicen que no pueden acudir a sostener la independencia, con lo que todo lo conseguido se desmorona y poco a poco las ansias de ser independiente se convierten en dependiente, pendiente, diente, ente, te. Cuantas más letras se dan de baja, más significados aparecen, como si esta palabra se comportara como una muñeca rusa. Al final quedaría solo la e, que es una letra llamadora, usada cuando queremos captar la atención de alguien cercano: eh, eh, hay alguien ahí. Uno grita y grita pero no hay nadie, no hay nada. Y si lo único que se encuentra es la nada, lo mejor que se puede hacer es comprarse una erre, ajustársela bien a la cintura y, tal y como empezamos este viaje por los hermosos paisajes marinos del lenguaje, lanzarse al agua y nadar.

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