Taller de Letras

"El minutero"

Como ya saben nuestros lectores, «El minutero» es una sección dedicada a compartir los microrrelatos surgidos del Taller de Letras del Ateneo, y que esta vez, pues el azar ha querido que tres autores coincidieran en situar al viento como protagonista destacado de sus narraciones, tiene este fenómeno atmosférico en la esencia de sus argumentaciones. Dos de los microrrelatos están localizados, total o parcialmente, en Tarifa; y, el tercero, bien podría también transcurrir ahí, que no es mal escenario para ubicar ficciones. 

La historia de ¿miedo? que nos propone Emilio Velasco conjuga la mirada nostálgica hacia el cine de otros tiempos con  el apunte costumbrista teñido de discretos tonos surreales. Emilio nunca decepciona a los lectores con sus puestas en escena, salpicadas de un humorismo perfectamente compatible con la interpretación amable de sucesos y costumbres casi siempre pintorescos. 

CINE DE VERANO, de Emilio Velasco 
«Los vampiros son murciélagos que se alimentan de sangre. Engatusados por la melodía de una flauta, todos los vampiros y todos los ratones de un pueblo acabaron encerrados en la cueva de un monte cercano. Tras arduos trabajos, consiguieron abrir un boquete y, con sed de sangre y ánimo de venganza, salieron en busca del flautista». 
Esta es la sinopsis de una delirante película de terror filmada hace más de un siglo. 
Pocos años después fue proyectada en un rudimentario cine de verano de Tarifa. La pantalla era una enorme sábana sujeta a dos palos clavados en el suelo. Saltó el levante en el momento en que un plano de detalle mostraba la boca abierta de un vampiro. En ese preciso instante, una ráfaga de viento abombó la pantalla, desbarató sus sujeciones y la hizo volar hacia los espectadores. Todos huyeron despavoridos. 

La propuesta de Celia Serra tiene en la sencillez de su poética el valor más perceptible. Observen qué pocas palabras necesita Celia para conducirnos a un universo de hermosa cotidianidad vulnerada. La sutileza, más que el viento, es el elemento que mueve este microrrelato y hace que cobren alas los anhelos del personaje. 

EL VIENTO, de Celia Serra 
Aquel día el viento de levante soplaba con una fuerza inaudita. Las sábanas, escurridas tras la colada, se secaban colgadas en los cordeles de la azotea.  
El viento las levantaba a cada ráfaga y en ese momento tapaban la vista al puerto y al Estrecho. Parecía que iban a salir volando hacia Tarifa, enfrente, a la otra orilla del brazo de mar que nos separaba. 
Pero no. La que salió volando hacia allá fui yo. ¿Quién me iba a decir a mí que, años más tarde, estaría del otro lado del Estrecho, con viento de levante, y adivinando desde allí el movimiento de las sábanas en las azoteas de Tánger? 
 

Antonia Zarzuela también ha cifrado en las condiciones atmosféricas una parte de los detalles que ambientan su narración. El bien dosificado manejo de los resortes más clásicos de los cuentos de terror y una gran capacidad para dibujar los hechos con el auxilio de poderosos recursos descriptivos, rubrican la eficacia de una creación literaria que se nos cuela en el ánimo directamente a través de los sentidos.  

LA PARADA, de Antonia Zarzuela 

Después de un día espléndido, al atardecer el cielo se oscureció de improviso, se levantó un fuerte viento y empezó a llover con una furia inusitada. En  casa todos estaban preocupados. Los hijos y la mujer de Curro esperaban su llegada con impaciencia. El cabeza de familia, como todos los días, se había ido a la finca que poseían en el monte. El temporal lo sorprendió justo cuando ya lo tenía todo listo para volver. Era tal la intensidad del chaparrón, los truenos y el viento, que decidió esperar a que amainara el temporal. En la espera fue transcurriendo la noche. 

Al llegar la mañana, cuando ya escampó, en vista de que corrían las horas y el padre no llegaba, fueron sus hijos a la finca a averiguar lo ocurrido. Encontraron a Curro tendido en el suelo de la choza donde guardaban las herramientas y demás aparejos de la labranza y ganadería. No tenía pulso, no respiraba. El médico encargado del caso certificó la muerte por parada cardíaca. 

Y surgió una leyenda que se extendió por los pueblos de la comarca: 

«Llovía tanto, tan exageradamente y caían tantos rayos, que un tal Curro no pudo volver a casa y tuvo que pasar la noche en el monte, en la choza de su finca. Estaba aburrido y murmuró: «Lo que me hace falta es que llame a la puerta una buena hembra, que yo la atendería bien». Y nada más acabar de decirlo, sonaron golpes en la puerta. Era una bellísima mujer de curvas y pechos exuberantes, enfundada en un vestido rojo muy ceñido que le llegaba hasta los pies. Curro la invitó a pasar. Una música romántica surgió de alguna parte difícilmente determinable. Casi sin mediar palabras estuvieron bailando apretados el uno contra el otro hasta que Curro se sentó en un banquillo y le pidió a la recién llegada: «Baila para mí y ve levantándote la falda poco a poco, quiero que mi vista goce admirándote». Empezó la mujer a contonearse voluptuosamente y a subirse lentamente la falda hasta dejar al descubierto unas patas de cabra que dejaron a Curro  atónito, estupefacto, sobrecogido, completamente aterrado. Se le paró el corazón porque no pudo soportar la intensidad del pánico».